Había ido a Chimbote unos días para distraerme, que todos dejen de presionarme. Había dejado la universidad y me aburría demasiado en casa, además me cagaba de hambre pero sólo comía para evitar morirme: no necesitaba de nadie, no quería dañar mi orgullo. Puedo resumir mis días en Chimbote con “querer suicidarme”; todo era tan aburrido: la casa, el trabajo de mi padre, la cuidad, la televisión, no tenía internet en casa y no quería ir a cabinas de internet porque me generaba asco que me vean los demás. Finalmente terminé por convertirme en un ermitaño bronceado que comía todo el día.
Cuando llegué recuerdo haberme mirado al espejo y verme más o menos diferente ¿será la luz? ¿Habrá sido el incómodo viaje en bus el que cambio mi rostro? ¿Es acaso que uno puede ser menos repulsivo cambiando de cuidad? Si hubiera sido así ahora mismo estuviera en Piura o Cuzco. Pensé por un instante, un breve instante, en visitar a los amigos que aun tenía allá. Cambie de parecer rápidamente: no soy nada, soy menos de lo que alguna vez fui, si me ven se reirán de mí a mis espaldas, yo no podría aguantarlo y terminaría escondiéndome de todo ser viviente que existiera.
Los días pasaron y yo no hacía nada: me agradaba la idea de no ver a nadie, prefería broncearme y comer, como si hubiera sido creado para eso. Un día me aburrí tanto que me hice amigo del perro del guachimán: eso me dio valor, me alegro la existencia, me sentía vivo; ahora si podía visitar a quien yo quisiera, me tratarían como a un rey, me alagarían y pedirían que les cuente mi vida hasta el último detalle: nadie quiere perderse el más mínimo segundo de mi existencia.
–Putamadre no tengo ropa –me dije.
Al día siguiente fui al centro –donde hay tiendas y lugares a donde van los subnormales– y me propuse comprar la ropa más fina, que resaltara toda mi belleza perdida entre esta pútrida carne.
–Que ropa tan tonta hay en Chimbote, todo es caro y no me queda nada –me digo a mí mismo- Maldición estoy muy delgado, debería comer como un cerdo. Julio –mi padre– me da lo que le pida, no sé si sienta remordimiento porque trató mal a mi madre cuando estaba embarazada de mí: a lo mejor la golpeo y por eso nací tan raro, tan deformemente sano: sano ja ja, palabra de mierda; o será ¿porqué me parezco tanto a él?
Yo siempre he creído que soy adoptado, que no tengo ningún vínculo con mi familia adoptiva, que la mía es perfectamente millonaria y me dan por muerto (SI LEEN ESTO NO ESTOY MUERTO, ESTOY VIVO Y QUIERO QUE ME LLEVEN A CASA -MANSIÓN- Y PODER SER FELICES). Estoy seguro que soy adoptado pero no veo cuando vendrán por mí.
Logre comprar una camisa a cuadros, una correa y un jean relativamente caros: que me importa yo no gano el dinero, además merezco lo mejor y aunque sea una estafa sólo será por esta ocasión: necesito impresionar a todos. Al día siguiente, que día de la semana habrá sido –no recordaba nunca que día era excepto cuando daban algo estúpido e innecesario en la televisión–, me preparé para verla, a ella, a María Claudia. En la mañana me bronceé como tanto pude, luego me duche con el agua hirviendo: necesitaba sacarme todo lo asqueroso y sucio de mi cuerpo, tenía que lucir limpio, que mi mirada reflejara mi verdadera naturaleza: la angelical. Luego de expulsar a mis demonios –me gusta pensar que cuando me ducho saco de mi cuerpo los demonios que son la causa de mis malas acciones– me vestí.
–Ahhh –grite. Me miré en el espejo, allí estaba: mi estúpida barba de púber. Pensé rápidamente en afeitarme y problema resuelto pero era obvio que al hacerlo una gran parte de mi rosto se vería blanco y otra oscuro a causa del bronceado, sería un fenómeno. Tuve que esperar hasta el otro día.
Cómo muchos días, me negué a acompañar a mi padre al centro para almorzar y esperarlo hasta que regrese en la noche. Ya afeitado tome una sesión de rayos solares:
–Me importa una mierda si me da cáncer, con tal de lucir perfecto para mi cita –me digo. Ja ja ¿cita? Hay Jesús tremendo pajero, ella no sabe que existes, sólo hablaron un tiempo vía Messenger y ¿piensas que te concederá una cita como si nada? ¿Cómo si a su enamorado no le fuera a importar?
Luego de dos horas de soportar no hacer nada más que escuchar música y evitar una mosca –mosca eres una hija de puta, todas ustedes lo son– que no paraba de posarse en mí, por fin pude ducharme. Otra vez limpie mi cuerpo, no mi alma: las almas no se pueden liberar de lo que hicieron, eso de confesarse no funciona. Ahora sí me veía bien, bueno no bien bien pero esperaba bastara para que suceda algo, para no irme con las manos vacías, para demostrarle que aunque por fuera luciera como un mendigo por dentro soy bendecido cada día venidero hasta el fin de mi existencia con tesoros que nadie imagina.
Ya listo para hacer lo que debí haber hecho hace algunos meses, salí. Tomé una moto taxi porque no quería sudar: sudar es repulsivo para las mujeres –ella técnicamente nunca me ha visto y no quiero que la primera impresión sea la de un cerdo apestoso–. Sudó mucho por el calor, no lo aguanto, en casa sólo uso bóxer porque andar desnudo me es algo antihigiénico. Voy a una cabina de internet, son aproximadamente las 2 pm: -saldrá en 45 minutos del colegio. Trato de distraerme con Facebook y hablando con migo mismo sobre lo divertido que era jugar juegos online. Ya son las 3 pm y no me he ido de la cabina de internet: no puedo ir como si nada delante de sus amigos y su enamorado, pensaran que soy un fiasco, que si quiero robármela para mí solo debí venir cuando tuviera alguna oportunidad no como ahora: un perfecto imbécil. Me cuesta aceptarlo pero estoy hecho mierda: me cago en mi putamadre, porque tuvo que sucederme esto. –Ahhhh –Grito con dramatismo.
Regreso a casa y por seis semanas sólo me dedico a comer, broncearme y ver televisión. Mi padre insiste en que lo acompañe al centro: acepto sólo a veces, no quiero que nadie me vea, no merezco caminar entre ustedes.
– ¡Por fin carajo! me voy –pienso emocionado. Luego de luchar tanto tiempo por regresar a Lima por fin el viernes podre viajar: al inicio pensé viajar a Chimbote por una o dos semanas no permanecer atrapado dos meses. Era lunes y ya había desechado la opción de ver a María Claudia, ya no existía más para mí: había chateado con ella y me preguntaba porque no nos veíamos, noté que estaba muy ocupada estudiando para presentar sus últimos trabajos del colegio –ahhh colegio, que vendito lugar eres–. Por eso y porque yo evite que se diera nuestro romance cibernético dejando de frecuentar el Messenger para poder salir con quien es mi ex, decidí alejarme de ella para siempre, o bueno al menos hasta que yo sea perfecto y ella no pueda resistirse a mí.
Lunes, martes y miércoles se pasaron muy rápido, además me distraía leyendo sobre Pokémon, mi gran secreto infantil: puedo leer horas y horas sobre esto, es como una enfermedad muy nerd. Llego el jueves y me restaban unas últimas cosas que hacer: ir al dentista, comprar pastillas, recoger mis análisis de sangre y hablar con mi padre sobre lo que haré con mi vida. Ese jueves me vestí tan mal como siempre porque no me importaba lo que pensaran de mí, porque no quería gastar dinero en tonterías, porque estoy seguro que ninguna prenda haría a mi desalineado cuerpo lo que hace un guante en una mano: un pantalón negro algo desteñido porque no sé lavarlo, un polo blanco con un pequeño hueco al frente, zapatos negros de vestir sin rastros de betún y la correa, mi salvadora: está correa evita que mis pantalones se me caigan hasta el suelo: gracias correa.
Caminaba hacía mercado, debían ser las 8 pm, buscaba comprar unos peines para mi padre: – ¡pendejo! ¿peines? ¿Dónde mierda compro peines? –pensé cuando me mando a comprárselos a las 7 pm. Caminaba con algo de temor: espero no encontrarme ningún ladrón, no pienso darle el sol que tengo para los peines, que se joda, si quiere dinero que lo consiga trabajando o se lo robe a alguien más, a mí no (desde que me han robado unas cuatro veces estoy muy alerta a posibles sospechosos y situaciones comprometedoras).
Buscaba pero los pequeños puestos ya habían cerrado. Me introduje en el sucio y oscuro mercado pero no, nadie vendía los dichosos peines. Yo llevaba una caminata lenta pero firme, como despreocupada, como si fuera de allí. Miraba alto y no hacía contacto visual con las pocas personas que aun habitaban en el mercado.
Dos chicos, estaban sentados a unos pasos míos: aunque mi mirar era hacía el frente y alto, pude notar su aspecto y dialecto: –pirañitas– me dije. Seguí avanzando aun tratando de buscar algún puesto donde conseguir los benditos peines de 0.50 céntimos cada uno y al mismo tiempo fijarme en ellos. Se quedaron allí, me vieron por un instante: tal vez eran menores que yo, no lo sé; siguieron conversando. Menos preocupado –pero siempre alerta– salí del mercado para asegurarme que nadie afuera pudiera tener lo que buscaba y evitar recibir un tonto regaño por no encontrar lo que me mandaron a buscar: a veces mi padre piensa que por tener dinero y mantenernos debe recibir todo, está mal, que se joda, si quiere que le cumplan todos sus caprichos que contrate lacayos: –sí, para eso debe querer que me quede en Chimbote, no me quiere allí para hacerle compañía si no para presumir de su inteligencia y para que yo acuda a sus mandados. Mejor callo, soy un desagradecido.
¡Por fin los encontré! Me acerqué al vendedor y le dije:
–Deme dos de estos peines.
– ¿Estos? –Preguntó.
–Sí por favor.
No sé si puede leer su mente involuntariamente, la mente de la dueña de la zapatería quien daba permiso a este vendedor de ocupar un espacio en su entrada o si fui yo mismo pero vi las palabras: que hijo de puta tan misio ¿pretende vestirse elegante y compra esto? ja, pobre imbécil. Los mire pero sus miradas no decían nada: seguro fue mi conciencia, consciente de que me visto como una rata de alcantarilla. Caminé despreocupadamente y mire la calle: yo conocía mucho esta calle ¿y quién no en Chimbote? Me es muy familiar, bueno al menos eso digo, porque en un edificio en esta misma calle vivía una compañera de colegio: Pierina; su gran amiga es María Claudia. Por un instante imagine cosas, cosas que no puedo recordar luego, que aunque intento, sólo llegan a mí palabras confusas y todo se perdió para siempre. Debo haber recordado cuando fui para hacer un trabajo hace 5 años, imaginado que me encontraba con Pierina, que la visitaba y allí estaba María Claudia: tan radiante como nunca la he visto (nos vimos hace cuatro años pero éramos de diferentes grupos: ella de los populares y yo de los normales: en mi caso, apuntado más a nerd).
Caminaba siempre con la mirada en alto, y de pronto, me transmute en alma, el tiempo se detuvo: pude analizar que sucedía y regresé a mi cuerpo. No sabía qué hacer, habían mil posibilidades: darme la vuelta, tocarle el hombro y saludarla; darme la vuelta, tomarla de la mano y con una gran sonrisa decirle lo bella que era; gritar su nombre y cuando ella volteará saludarla con una mirada angelical, cálida, como si fuéramos amigos desde siempre, amigos que se gustan en secreto; voltearme rápidamente y tocarle el hombro, preguntarle que como se encuentra y no prestarle atención a su enamorado que la sostiene de la mano, luego ante su –espero– grata sorpresa sonreírle y regocijarme, empezar lo que será una gran conversación, que su enamorado se enoje porque ella no le presta atención y se ha fijado que me mira muy contenta y decide irse: él se va y yo también: nos alejamos, somos dos energías que se repelen a toda velocidad. Ella va tras él, titubea, se detiene y va hacía donde yo me dirigía: ya no me ve pero me llama por mi nombre:
–Jesús, Jesús –dice ella, mirando a ambas veredas para no dejarme pasar por alto.
Yo la espero detrás de un poste, la veo, esta delante de mí, da unos pasos y la sigo. La tomo por la mano y ella voltea algo sorprendida: está preocupada, se preocupa por mí, me busca en vez de estar con su enamorado, a quien ama tanto, por quien debe escribir esos poemas tan dulces que tuve el honor de poder ser su inspiración alguna vez, por quien escribe frases en Facebook cómo “por fin siento que contigo todo está en orden en mi vida”, por quien es más alto que yo. JA JA me río de ti perdedor, yo lo sabía, ella no podría resistirse a mis encantos divinos, ha visto lo que hay dentro de este cuerpo, que soy un ángel ¡no! un dios. Empezamos a hablar mientras seguimos mi camino. Llegamos a la tienda a dos cuadras: hemos hablado y estoy seguro que hemos compatibilizado lo suficiente para pedirle dejarme llevarla a su casa: que mi viejo se joda, que regresé solo, que no se peine por días, que compre lo que falta en casa él solo; yo llevare a María Claudia a su casa, y estoy casi seguro que podre besarla, que sabrá que hay un futuro para nosotros y acto seguido estaremos en su cama y yo le susurrare al oído que nunca me masturbé pensando en ella, que lo intenté pero no pude: –Sabes –le digo– ¿recuerdas cuando me preguntaste si alguna vez me masturbe pensando en ti? Pues nunca lo hice, para mí eso era algo imposible: alguien como tú no es una simple foto de internet con la que uno satisface su cuerpo y luego la arroja al basurero como ataúd de cadáveres blancos. Yo quería, ¡no!, necesitaba hacer esto contigo, enseñarte que es el amor de verdad, que fuimos creados el uno para el otro y que sin mí tú nunca serás nada, no podrás hallar la felicidad.
Acto seguido escuchar sus dulces gemidos, el sonido de mi alma que hace contacto con la suya, el olor de su cuerpo, de su sexo, el placer que uno encuentra en el amor y no sólo en el sexo.
Como ven, soy raro, imaginé esto en un segundo y me volteé: allí estaba ella, a 40 cm de mí: sumergida en los brazos de él. Él: alto, de contextura delgada, juraría que es un buen chico por como luce en sus fotos, las fotos que he buscado porque quería saber quien haría infeliz a María Claudia, quien me reemplazo, a mí, a un ángel occiso. Él me miró, volteé tan sólo una fracción de segundo para verlo a los ojos: no tuve el valor. Mire su figura, estoy seguro que era él, estoy seguro que era ella; y avancé. Ellos se alejaban, abrazados sin haberse percatado de mí: –hijo de puta –pensé.
Yo no sabía qué hacer, no estaba 100% seguro que fueran ellos ¿cómo saberlo? ¿Acercarme y comprobarlo? ¿Y la humillación? ¿Y el orgullo? : Maldita sea. Dos pirañas se cruzaron conmigo: feos, vestidos como maricas reprimidos, golpeando hombros en busca de problemas: jodanse maricas tengo cosas mejor en que pensar. Los esquive y seguí: con la mirada en alto y hacía el frente. Coño estaba perdido ¿porque la vi? ya la estaba olvidando, al igual que a ellas, ahora tendría que llevarla en mis hombros, a su enamorado también, a ambos: los cargaría por al menos 3 años. Putamadre.
Mande a la mierda mis ilusiones con ella: me pondré bueno, seré un ángel y nunca me verá en mi verdadera forma, así ella sufrirá con él, con muchos otros tontos porque nunca encontrará su alma gemela, esas pocas almas que tenemos en este mundo.
Ya era viernes y lo había olvidado: aun pienso que no fueron ellos a quienes vi por un segundo detrás de mí pero eso ya no interesa. Estaba en el trabajo de mi padre, hacía mucho calor y yo leía Pokémon como si nunca hubiera tenido infancia, como si mi meta en la vida fuera saber todo sobre ellos y mandar a la mierda a todos: no necesito trabajo, no necesito a nadie, bueno tal vez sí: me aprovecharé de mis padres, viviré con ellos hasta morir de hambre, que me compren todo sobre Pokémon, que mi cerebro explote por no dormir o mi alma muera de tristeza (es muy estúpido pero antes, a veces, imaginaba y soñaba que vivía en el mundo Pokémon, un mundo donde no hay muertes, hambre o problemas de ese calibre. Un mundo en donde sólo necesitas querer lograrlo por ti mismo, ir hacía la meta, vencer y ser el mejor. Coño, aun lo quiero y me duele que nunca pueda ser así: culpo a mi mente soñadora de estos deseos tan raros).
No sé qué hacer, me aburró. Voy a la farmacia y compro algunas tonterías: desodorante, pasta dental y curitas. Pago. Veo a la mujer que vende boletos de lotería de La Tinka: ayer le compre uno de los Simpson y fue divertido, gane otro boleto el cual no gano nada, hoy lo intentaría de nuevo. Me acerqué y no sabía cómo pedirle un boleto de los Simpson, pensé: –uno de los Simpson por favor –no no suena muy tonto– Hola, deme un raspa y gana de los Simpson por favor –pero me pareció más tonto y largo: diablos que raro soy. Cuando reuní el conocimiento necesario para hacerlo me acerqué lo que restaba de distancia y dije:
–Hola, uno de esos por favor -señalando a los Simpson.
– ¿Cuál? Respondió.
– ¡Hija de puta! –pienso– No hagas esto más difícil de lo que es.
–Ese –señalo una mujer a su lado, era fea y rara– ¿los Simpson?
Afirmé con la cabeza y luego dije: –sí.
La mujer fea y rara me miraba, me miraba fijamente a los ojos, me miraba el rostro, me miraba como si fuera un maletín lleno de linguetes de oro. Yo esperaba mi boleto pero pude mirarla de re ojo: es una habilidad que he desarrollado, mirar a todos lados rápidamente. La hija de puta no deja de mirarme, parece que quiere algo de mí, que saltará con una cuchara y me sacara los ojos, el cerebro buscando oro. Recibo mi boleto y por fin ella voltea la mirada e intercambia algunas insignificantes palabras con la mujer que me vendió el boleto. Saco una moneda para raspar el boleto pero ella me acerca un cilindro delgado para facilitarme con lo que implica raspar el boleto: –Gracias –digo. Evitando mirarla ya que ella ha vuelto a verme.
Estoy seguro, muy seguro –daría mi laptop por ello a– que ella quería violarme. No soy muy guapo, soy algo bajo, actualmente estoy muy delgado, mi pelo es una mierda, tengo acné y un bronceado de prostituto pero puedo jurar que en Chimbote muchos ellas y ellos me miraban al caminar. Yo vestía cualquier ropa que tuviera: no lleve ropa a Chimbote porque me quedaría muy poco tiempo, y no la compre porque nada me quedaba bien. Yo miraba alto y hacía el frente porque no quería intercambiar miradas con nadie, pero aun así, podía verlos. Unos me miraban con misterio, otros con algo de sorpresa, otros con desprecio y finalmente con ganas de violarme –sin duda reconocieron mi esencia divina–. Antes, y hace muy poco, yo miraba al suelo, no podía dejar de mirar al suelo. Era consciente de lo que había delante, para no tropezar o accidentarme, pero no podía mirar a nadie al rostro: me sentía una mierda, no era necesario mirar a todas esas personas para recordármelo, ya tenía suficiente. Mucho antes de eso miraba a los ojos porque era un soñador, no sabía que lo tenía todo, nada me daba miedo, no sabía que era la muerte, no existía el pecado, sólo existía mi gran amiga la soledad.
Gané un par de boletos que no tuvieron premio alguno, agradecí y me fui: tengo que admitir que ver a los Simpson hace que uno quiera comprar el boleto. Yo quería un polo o mochila de ellos, no quiero el dinero, no quiero el sucio dinero, sólo quería algo de diversión, una meta, algo por qué nacer, vivir y morir anhelando. Regresé al trabajo de mi padre. Tomé un poco de leche, comí una mala empanada de pollo y seguí con Pokémon.
Luego regresamos a casa, ordené todo, me odie por no haber visitado a María Claudia o, si quiera, dejarle una carta explicándole que sucede en realidad:
Hola María Claudia te escribo esta carta para decirte que no tengo el valor, no tengo la fuerza, la pureza, la apariencia de lo que soy en realidad para pedirte perdón por no poder vernos. No estoy completamente seguro de lo que soy pero te juro que es algo mágico, celestial, excelso, sublime, delicioso. Aun no nos hemos visto, salvo aquellas veces hará cuatro años, estoy seguro que ninguno de los dos se acuerda de cómo era el otro: tú no me prestabas atención, yo trataba de dormir.
Te va muy bien con tu enamorado y me parece genial, espero duren algún tiempo, el que tú quieras. No quisiera decir esto pero no puedo engañarte a ti María Claudia, tan pura, tan anormal a todos; nadie te hará feliz, nadie excepto unos cuantos, yo entre ellos. El mundo está lleno de cuerpos que rondan por el buscando saciar su sed de almas: cuerpo vacios. Yo podría darte todo porque mi cuerpo, aunque mierda hecho está, está bañado en mí, en lo que soy: como te digo no sé bien que es, que soy, pero es más espeso que el perfume, me respirarás y entraré en ti, me deleitare contigo y tú querrás hacer el amor. No podrás tocarme porque soy perfume, perfume de dioses, una gota basta para arrancarte del plano mortal y llevarte a mi mundo, el que tengo para nosotros (a demás con el tiempo, yo terminaría por ser perfecto).
Quiero verte un día, dentro de un año y medio o más tal vez. Apareceré en tu vida tan repentinamente que no podrás creerlo:
– ¿Es acaso una broma? –preguntaras.
–No –diré– Soy yo María Claudia, por fin descubrí que soy.
Me miraras con ojos quebradizos, echarás a llorar y nos fundiremos en besos de luna llena, orquídeas de verano, nieve de invierno, galaxia en el espacio.
Es todo lo que debes saber por ahora, si no aparezco no trates de buscarme, significa que fracasé ¡NO TRATES DE BUSCARME! si lo haces juro que te mato. Cuídate.
Acto seguido estaba en el bus esperando el sueño: por favor señor de las tinieblas envía a tu soldado –la parca–, que realice en mí su encanto: quiero dormir no me importa si tengo pesadillas, si una parte de mí muere, sólo permíteme soñar. Dormí muy mal, tres horas tal vez pero ya todo había pasado, eso es lo que me gusta del sueño: puedes tener los problemas más graves del mundo pero el sueño los aleja de ti por un instante, y si tienes suerte, puedes soñar con tu mundo perfecto. Es por eso que a veces quiero soñar todo el día, pero aun no descubro la manera de hacerlo.